Prosa · Relatos
Antonio
4 de junio de 2026
Capítulo 2 – Antonio
No sé si volver a esta casa ha sido una decisión o una consecuencia.
El camino hasta aquí me ha parecido más largo que nunca.
La carretera serpentea entre viñas y almendros, y el aire huele igual que cuando era un crío: una mezcla de polvo, sal y fuego viejo.
Dicen que la memoria tiene olor. La mía huele a esta tierra, a lluvia sobre piedra caliente.
He visto la villa desde lejos, recortada contra el cielo como una promesa que no cumplí.
La chimenea, el tejado, las contraventanas verdes.
Nada ha cambiado.
Y sin embargo, todo es distinto.
He envejecido dentro de sus muros, aunque haya pasado media vida fuera de ellos.
Cuando crucé el portón, el sonido de mis pasos me devolvió al pasado.
Cada baldosa parecía recordarme una cosa diferente: la risa de Clara cuando era niña, el eco del bastón de mi padre, los silencios de mi madre.
Y aquel olor —a sopa de cebolla y madera húmeda—, que solo existe aquí, y que me desarma.
He dejado la maleta en el recibidor. No pesa mucho, pero arrastra toda una vida.
Me he quedado quieto, observando el polvo en suspensión, y por un momento he sentido que el tiempo me miraba.
Tal vez, en el fondo, uno vuelve al lugar donde aprendió a tener miedo.
Elena ha venido conmigo.
No sé si por lealtad o por compasión.
Su presencia me sostiene y me duele a la vez.
Hace años que no la miro sin sentir culpa.
Pero cuando me habló de venir a la villa, su voz tenía algo de alivio, como si también ella necesitara volver aquí para reconciliarse con lo que fuimos.
Ahora, mientras acomodo las sillas del comedor, la escucho moverse por la cocina.
El sonido del agua, el roce del cuchillo, su respiración…
Todo me resulta familiar y lejano, como una canción que se recuerda a medias.
A veces pienso que la amé mal.
Demasiado desde el deber, y demasiado poco desde la ternura.
Y sin embargo, nunca he dejado de amarla.
—Te echo de menos —le dije ayer, sin mirarla.
Ella siguió cortando las verduras, pero sus manos temblaron.
—Yo también, Antonio —me respondió—. Pero ya no somos los mismos.
—Por suerte —le dije—. Los mismos cometían demasiados errores.
Sonrió. Fue apenas un gesto, pero me bastó.
Por la noche he salido al patio.
El pozo sigue allí, inmóvil, como si nada pudiera afectarlo.
Su sombra es más grande que antes, o quizás soy yo el que la ve distinta.
Me he sentado a su lado, como hacía de joven, y le he hablado sin palabras.
Siento que me escucha.
El agua huele a piedra mojada.
Me inclino y miro dentro.
Reflejada en la oscuridad, veo la cara de aquel niño con los zapatos rotos, el caramelo rojo en la mano y el miedo en los ojos.
No lo odio.
Solo quiero decirle que lo entiendo.
Elena ha salido a buscarme.
Trae una manta y me la coloca sobre los hombros.
—Te vas a resfriar —dice, igual que antes.
—El frío se me metió dentro hace mucho —le respondo.
Se sienta junto a mí. No hablamos.
Solo se oye el agua, que murmura como si también tuviera recuerdos.
—¿A quién esperas, Antonio?
—A mí mismo —le digo—. Al niño que fui. Quiero decirle que no tenga miedo.
Ella apoya su cabeza en mi hombro.
No necesito más palabras.
En ese silencio, siento que el amor no desaparece; solo se esconde hasta que uno lo nombra sin rencor.
Amanece.
La luz entra por los árboles y toca el brocal.
Apoyo la mano sobre la piedra. Está tibia.
Cierro los ojos.
Y el agua, desde el fondo, me responde con un murmullo leve:
“Ja està, Tonet. Ja està.”
Me quedo allí, escuchando el silencio, hasta que el sol comienza a trepar por el muro del jardín.
Siento un cansancio extraño, como si la culpa, al irse, pesara más que cuando la llevaba dentro.
Elena duerme, o eso quiero creer.
No quiero despertarla ni volver aún a la casa.
Hay algo de paz en este amanecer, una calma frágil que temo romper con un movimiento.
Respiro.
El aire tiene olor a tierra y a pan reciente.
Por primera vez en muchos años, no pienso en lo que perdí, sino en lo que aún podría cuidar.
Dejo la manta sobre el respaldo de la silla y entro despacio.
El día comienza, y con él, otro tiempo.
[Al amanecer, la voz es de Elena]