Prosa · Relatos
La víspera de Santa María. -El pozo-
5 de mayo de 2026
La Bisbal d'Empordà, agosto de 1925
Era la víspera de Santa María y la tarde caía lenta sobre La Bisbal, con ese calor de agosto que no refresca ni al ponerse el sol.
Mercedes tenía diecisiete años y aún no lo sabía.
No sabía que aquel vestido claro, los zapatos ya domados por el polvo del camino, el pelo recogido con una modestia estudiada que no era del todo modestia sino también coquetería sin nombre, iban a ser los detalles que un hombre recordaría durante el resto de su vida. Que los recordaría incluso en los momentos donde la vida deja de tener detalles, cuando solo queda el hueso de las cosas.
Caminaba del brazo de su madre.
Una joven decente no se exhibía sin compañía, y menos en fiesta mayor.
Roser la llevaba firme, con ese modo suyo de agarrar el brazo que era simultáneamente protección y advertencia, como quien sostiene algo valioso y frágil al mismo tiempo y no está del todo segura de cuál de las dos cosas pesa más.
Entraron primero por la calle que rodeaba el centro de la fiesta, hacia la casa de la hermana.
Ese era el protocolo. Primero la visita, luego el baile. Primero el deber, luego el deseo, aunque el deseo nunca se nombrara así.
La casa de la tía olía a café y a ropa planchada y a esa hospitalidad de las casas que esperan visita con semanas de antelación sin decirlo. Se habló de lo que siempre se habla: la salud de los mayores, los noviazgos que avanzaban o se torcían, quién había llegado de Torroella, qué primas venían de Palafrugell, si aquella noche tocaría mejor la Principal o la otra orquesta, si convenía o no acercarse al envelat porque el año pasado hubo un escándalo con unos jóvenes de fuera que no eran de fiar.
Mercedes escuchaba sin escuchar.
Por la ventana abierta entraba el rumor de la fiesta: la cobla afinando, las voces mezcladas, el repique de algo metálico contra el suelo de piedra, el olor a buñuelos y a humanidad reunida bajo el calor.
Su corazón estaba más atento a esa ventana que a ninguna conversación.
Cuando salieron hacia el paseo, la tarde había dado un paso más hacia la noche sin terminar de llegar a ella.
Esa hora de luz incierta, que no es día ni oscuridad, que dura apenas veinte minutos en agosto pero que los dura con una intensidad particular, como si el cielo supiera que está a punto de acabarse y quisiera aprovecharlo.
Mercedes ya no parecía una hija.
Era una presencia.
Y las presencias, en la fiesta mayor de La Bisbal, eran vistas. Evaluadas. Comentadas en voz baja entre madres y tías con la misma seriedad con que los hombres comentaban el precio del corcho o la calidad de la cosecha.
Roser lo sabía.
Por eso caminaba un paso detrás de su hija, dejándola ser vista pero no demasiado, dejándola brillar dentro de unos márgenes que solo ella conocía y que no necesitaba explicar porque llevaban siglos transmitiéndose de madre a hija sin palabras.
La sardana empezó cuando llegaron a la plaza.
El círculo se formó con esa lentitud ritual que tienen las sardanas al principio, cuando todavía no es del todo música sino promesa de música, cuando la gente se toma de las manos con una seriedad casi solemne, como si supieran que lo que van a hacer juntos durante los próximos minutos importa de verdad.
Mercedes miró el círculo.
Y entonces lo vio.
No fue un relámpago. No fue el tipo de cosa que se describe con relámpagos.
Fue más parecido a reconocer algo. Como cuando lees una palabra que no sabías que conocías y sin embargo sabes exactamente lo que significa.
Un muchacho de dieciocho años, en el extremo del círculo que se estaba formando, con la chaqueta doblada sobre el brazo y el pelo algo revuelto por el calor, hablando con alguien que claramente lo aburría porque sus ojos estaban en otro sitio.
Sus ojos estaban en ella.
No con descaro. Sin descaro era imposible, porque una mirada así, tan directa, tan sin apartar la vista, podría haber sido descaro en otra cara. En la suya era otra cosa. Era una especie de asombro quieto, como el de alguien que acaba de encontrar algo que no sabía que estaba buscando.
Mercedes apartó la vista.
Sintió el calor subir desde algún lugar interno que no era la temperatura del agosto.
Roser no dijo nada. Pero apretó levemente el brazo de su hija. Eso también era un idioma.
Bailaron la sardana sin estar en el mismo círculo.
Pero durante toda la música, con esa forma lateral de ver que aprenden las mujeres jóvenes cuando el mundo les enseña que mirar directamente tiene un precio, Mercedes supo exactamente dónde estaba él.
Cómo se movía. Cómo contaba los pasos con la concentración de quien no ha bailado sardanas toda la vida y no quiere que se note. Cómo se reía de sí mismo cuando se equivocaba. Cómo tenía los hombros de quien cargará cosas importantes cuando sea mayor, aunque todavía no sepa cuáles.
La música terminó.
Los círculos se deshicieron.
La gente se dispersó hacia la fresca y los buñuelos y las conversaciones que retomaban el hilo exacto donde las habían dejado.
Fue junto al puesto de agua donde ocurrió.
Roser había saludado a una conocida y se había detenido, con ese modo suyo de detenerse que podía durar cinco minutos o media hora dependiendo de lo que hubiera que ponerse al día.
Mercedes esperaba de pie, el vaso de agua en la mano, mirando la plaza.
Él apareció a su lado sin que ella lo oyera llegar.
Quizás porque la música seguía, quizás porque el corazón hace ruido suficiente para tapar los pasos de un muchacho de dieciocho años con las manos en los bolsillos y una expresión que intentaba ser casual y no lo conseguía del todo.
—Bona tarda —dijo en catalán, con un acento que era del Empordà pero no exactamente de allí, de un pueblo cercano pero distinto.
Mercedes lo miró.
De cerca era diferente. No más ni menos guapo. Diferente. Tenía los ojos de quien piensa demasiado y ha aprendido a disimularlo con una cierta ligereza en la voz que no engaña del todo.
—Bona tarda —respondió ella.
Silencio.
No un silencio incómodo. Un silencio de dos personas que tienen cosas que decirse y todavía no saben cómo empezar.
—No ets d'aquí —(No eres de aquí) dijo él. No era una pregunta.
—No. Soc de visita. (Estoy de visita) La meva tieta viu al carrer de baix. (Mi tía vive en la calle de abajo)
—Jo tampoc. Vinc de Vilamacolum. (Yo tampoco. Vengo de Vilacolum)
Otro silencio.
Más corto este.
—Andreu —dijo él, y extendió la mano con una formalidad que era demasiado adulta para su edad y que sin embargo le quedaba bien, como le quedan bien ciertas cosas a ciertas personas sin que sepan explicar por qué.
Ella miró la mano un instante.
Luego la tomó.
—Mercedes.
El apretón duró lo que debía durar. Ni más ni menos. Pero cuando soltaron, los dos miraron hacia otro lado al mismo tiempo, con esa sincronía involuntaria que tienen los gestos que revelan demasiado.
Roser apareció diez minutos después.
Miró al muchacho. Miró a su hija. Miró al muchacho otra vez.
—Hem d'anar, Mercedes. (Tenemos que irnos)
—Sí, mare.
Andreu hizo un gesto leve con la cabeza, esa forma de despedirse que no es una reverencia pero se le parece.
—Ha estat un plaer. (Ha sido un placer)
Mercedes ya caminaba con su madre, el brazo recogido de nuevo bajo el de Roser, los zapatos levantando el mismo polvo del camino que antes.
No se giró.
Sabía que él la miraba mientras se alejaba y no se giró, porque una joven decente no se gira, porque su madre llevaba treinta años enseñándole sin palabras que no se gira, porque había algo en no girarse que era también una forma de poder, pequeño y antiguo y completamente suyo.
Pero algo en su pecho se había movido de sitio.
Algo que antes estaba en un lugar y ahora estaba en otro.
Y durante el camino de vuelta a casa de la tía, mientras Roser hablaba de la música y del calor y de que la prima de Palafrugell había engordado, Mercedes no escuchó nada.
Solo escuchaba ese algo que se había movido.
Sin saber todavía que aquel muchacho de Vilamacolum con los ojos de quien piensa demasiado acababa de cambiar el orden de todas las cosas que vendrían después.
Aquella noche, en la cama estrecha del cuarto de la tía, con el rumor lejano de la orquesta que seguía tocando para los que podían quedarse hasta tarde, Mercedes dijo su nombre una vez en silencio.
Solo para ver cómo sonaba.
Andreu.
Sonaba como el principio de algo.
No sabía de qué.
Todavía no.
Y el pozo, que aún no existía, que sería cavado un año después en el patio de una casa que aquella noche era solo tierra y promesa, no pudo guardar ese momento.
Pero lo habría guardado.
Lo habría guardado como guarda las cosas que importan: sin juzgarlas, sin entenderlas, sin saber todavía el peso que tendrán cuando el tiempo termine de crecer sobre ellas.
(C)#Javilobo
Fragmento novela "El pozo"