Prosa · Microrelatos
Mercedes
27 de abril de 2026
Me llamo Mercedes, y no hay quien me saque de aquí. Esta casa es mía, de mi sangre y de mis silencios. Yo la he sostenido cuando todos pensaban que se vendría abajo, igual que he sostenido mi vida con los dientes apretados. Nadie me lo regaló. Todo lo que queda en pie se lo debe a estas manos arrugadas y a este corazón que ha llorado más de lo que ha reído.
Hoy han vuelto.
El camino de polvo se abrió al ruido de un coche. Yo ya sabía quién venía, porque la tierra avisa antes de que se vea el humo. Me quedé en la ventana, con las manos en el alféizar, y lo vi bajar: Antonio, mi hijo mayor. Camina fuerte, golpeando la tierra como si aún tuviera cuentas pendientes con ella. Lleva la cara curtida, el ceño marcado, y en los ojos ese brillo de rencor que yo conozco bien. Lo heredó de mí, aunque no lo admita.
—Mare —dijo cuando me vio, con esa mezcla de castellano y catalán que se le pega en la lengua.
Yo le respondí con una sonrisa leve, esa que no deja pasar lo que siento.
—Has tardado, fill. La tierra no espera, pero yo sí.
Me besó en la mejilla, rápido, como el que cumple con una obligación. Huele a sudor y a campo, a trabajo sin tregua. Es mi hijo, y sin embargo a veces lo miro y parece un extraño.
Poco después llegó Elena. No la esperaba. Bajó del coche con un vestido que quiso ser elegante, aunque el viaje la había desordenado. Estaba más delgada, los ojos hundidos, pero aún guardaba en su gesto esa fragilidad que tanto le pesó.
—Mercedes… —me dijo, bajando la mirada.
La tomé de las manos. Estaban frías.
—Hija, esta también fue tu casa. No hace falta pedir permiso para volver.
Ella sonrió apenas, como quien carga con un secreto demasiado grande. Yo la vi crecer junto a Antonio, reír con él en los veranos, y también la vi marcharse con las lágrimas contenidas. Hay cosas que una madre no necesita que se le cuenten: se saben con solo mirar.
La tarde avanzaba y el sol caía sobre las tejas, tiñéndolo todo de cobre. El viento traía olor a mosto y a tierra mojada. El pozo, en el patio, brillaba con un agua que parecía vigilar cada paso.
—Mare —dijo Antonio, alzando la voz—. No podemos seguir así, con la casa cayéndose. Hay que vender.
Lo miré fijo, con esos ojos negros que aún no han perdido el filo.
—Esta casa no se vende, Antonio. Aquí está enterrado más que adobe y piedra. Aquí está lo que fuimos.
Él apartó la mirada, furioso. Elena bajó la cabeza, como si esas palabras fueran para ella también.
Me quedé quieta, observándolos. Yo soy tierna, sí, cuando hace falta. Pero también sé dónde acaba lo mío y empieza lo que no cedo. No he llegado hasta aquí para que nadie decida por mí.
El pozo guardaba silencio, pero yo sentí su voz honda, como tantas veces: “Guarda, Mercedes. Guarda. Ya habrá tiempo de devolverlo todo”.
Y yo asentí por dentro. Porque sé que la verdad siempre vuelve, y siempre lo hace en el momento más inoportuno.
Fragmento.... (El pozo)
(C)#javilobo