Prosa · Relatos
El vino y las señales
23 de abril de 2026
Capítulo 7 – El vino y las señales
La noche cayó sin prisa, como una sábana tibia sobre los tejados.
Dentro de la casa, la lámpara del comedor lanzaba un resplandor ámbar que hacía
temblar las sombras de los objetos.
Mercedes había abierto una botella de vino tinto, de las que guardaba “para ocasiones
que no llegan nunca”, y el aire olía a pan tostado y ajo frotado.
Rafael cortaba queso sobre una tabla, mientras Clara ponía los platos y una vela en el
centro.
Todo tenía un aire doméstico, casi festivo.
Por un momento, la casa parecía recordar su propia alegría.
—Si lo llego a saber, traigo otra botella —dijo Rafael, sirviendo vino en los vasos.
—Y si lo llego a saber yo, te espero con un guiso —contestó Mercedes con una sonrisa
traviesa—. Pero no, hijo, hoy toca pan y memoria.
—Eso alimenta más —añadió Clara.
—Depende de la memoria —dijo Rafael, levantando la copa.
—Y del pan —remató Mercedes, riendo.
Brindaron los tres.
El cristal sonó como una nota limpia en medio del silencio de la noche.
Hablaron de todo un poco.
De las lluvias que ya no son como antes, del perro de la vecina, de los almendros que
aún resisten, de cómo el mundo parece vivir siempre con prisa.
Clara se sentía liviana, y Rafael, relajado, aunque no del todo.
Había algo en el aire, una electricidad sutil, apenas perceptible.
—¿Sabes, mamá? —dijo Clara—. Cuando llegué, Rafael estaba junto al pozo.
Mercedes lo miró con curiosidad.
—¿Otra vez el pozo, Rafael?
—Sí —respondió él, encogiéndose de hombros—. La cuerda se movía sola. Supuse que
era el viento.
—El viento no baja al fondo —replicó ella con calma, dando un sorbo al vino.
Rieron, pero sin convicción.
El reloj del pasillo dio las nueve.
Una ráfaga corta de viento cruzó el patio y apagó la vela.
—Vaya —dijo Clara, levantándose para encenderla—. Parece que se avecina tormenta.
—No pasa nada, hija. El trueno limpia el aire —dijo Mercedes.
—Sí, pero antes lo ensucia —murmuró Rafael.
Hubo un silencio leve.
Después volvieron las sonrisas, los gestos tranquilos, las frases cortas.
Pero el ambiente había cambiado: el aire pesaba, las sombras parecían moverse con vida
propia.
De pronto, un leve golpeteo sonó desde la despensa.
Clara giró la cabeza.
—¿Has oído eso?
—Debe de ser el agua —dijo Mercedes, aunque no sonaba convencida.
Rafael se levantó, fue hacia la puerta del patio y se detuvo.
La noche estaba completamente quieta.
Ni grillos, ni viento.
Sólo el sonido, profundo y sordo, de una gota cayendo.
Una sola, cada pocos segundos.
Cuando volvió a la mesa, su rostro estaba distinto.
No dijo nada, pero Clara lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada —mintió él, sirviéndose más vino—. Cosas de la humedad.
Mercedes los miró a ambos, con una serenidad casi inquietante.
—Dejad al pozo en paz. Él guarda lo suyo. Y cuando tenga que hablar, lo hará.
Nadie respondió.
La vela parpadeó dos veces y volvió a estabilizarse.
Fuera, un trueno lejano sonó como un bostezo del cielo.
—Brindemos —dijo Mercedes, alzando la copa—. Por los que volvieron y por los que
aún nos esperan.
Chocaron los vasos.
El vino tenía un sabor más intenso que nunca.
Y mientras bebían, una sombra —o su reflejo— cruzó fugaz por el vidrio de la ventana,
tan sutil que ninguno supo si lo había imaginado.
Clara fue la primera en reír, para romper el silencio.
Rafael la siguió.
Y Mercedes, con los ojos brillantes, murmuró como para sí misma:
—El pozo… ya ha despertado.
Fragmento novela El Pozo.
(C)#Javilobo