Prosa · Microrelatos
En los días duros
2 de julio de 2026
En los días duros parecía que su piel se hacía gruesa e impenetrable. Quizá una clase de armadura homogénea que le vestía de ella misma. Esta peculiaridad parecía hacerla invulnerable a los devenires de la vida y los infiernos minúsculos que la atacaban en constante contienda. Pero en realidad, el ser que habitaba en esa piel sufría cada golpe, cada embestida como un púgil en el rin, apretando dientes y afinando la vista para prevenir por donde y de donde le llegarían las nuevas oleadas de dolor. Era dura como el hormigón y firme a su base. Sí, doy fe de ello, porque en ese estado todo lo que a ella se acercase a menos de un soplo, era repelido de inmediato como el efecto del viento huracanado sobre las ramas de un árbol joven de ramas finas y tiernas. Quien dijo que ella era frágil no sabía que el mundo cabía en sus manos y que su alma usaba armamento pesado. Eso si amigo, cuando el cielo era azul y el fuerte viento era brisa, cuando el fragor de la batalla se apagaba en leves chasquidos y el olor a pólvora quemada se disipaba, esa piel, como por arte de pura magia relucía brillante y tersa, fina seda y plena de sensibles y tiernos amaneceres. Esa alma traducía en color las cosas feas, moldeaba el tiempo a su antojo y de los cuadrados hacia esferas y del silencio toda mi espera. Cuando el sol entraba en su cuerpo no había templo ni palacio que hiciera más hermoso el habitáculo, donde alojado ya un corazón estuviera. Así amigo mío, supe que todo lo que había querido, desde que la acaricié con mis ojos, era ser su templo y a la vez su bosque eterno, donde ella hiciera descansar su alma guerrera y a la vez se sintiera libre. Por eso supe despegar los pies del suelo y aprendí a volar con ella. Por eso la querré la vida entera...
Fragmento de "Historias de como te siento"
(C)Javi Lobo