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Prosa · Relatos

Mercedes - El Pozo 1

4 de junio de 2026
Hay días en que el aire del Empordà me trae el eco de voces que ya no existen. Mi madre decía que los recuerdos, cuando pesan, tienen olor: a tierra húmeda, a leña vieja, a pan de maíz. Yo no sé si eso es cierto, pero esta mañana, mientras oigo a los pájaros picotear los almendros, he vuelto a escuchar sus pasos en la cocina, y el murmullo grave de mi padre entrando por la puerta con las manos agrietadas por el trabajo. Mis padres no tuvieron una vida fácil. Nadie la tenía, supongo, cuando el siglo aún gateaba y los labradores éramos piezas movidas por los terratenientes y sus caprichos. Pero ellos —Mateu y Roser— se agarraron a la vida como quien se aferra a un tronco en medio de un río crecido. Mi padre nació en 1878, en una masía pequeña cerca de Pals. Era un hombre alto, de espalda ancha, los ojos oscuros como la tierra mojada. Desde los ocho años segaba trigo, cuidaba los animales y bajaba al pueblo con su madre para vender huevos. Los inviernos eran largos y duros, y en su casa nunca sobró nada, ni pan ni tiempo. Aprendió a leer gracias al maestro del pueblo, que le regaló un silabario viejo cuando vio que el niño tenía un brillo especial al mirar las letras. Mi madre, en cambio, nació en 1881, en una familia aún más humilde. Las mujeres de su casa vivían de coser y del huerto. Ella tenía un don natural para las manos: bordaba como si las agujas siguieran su respiración. Pero lo que más recuerdo de ella no es su habilidad, sino su mirada: firme, brillante, como de quien lleva dentro un secreto que nunca cuenta del todo. Se conocieron en una fiesta mayor en 1901, el verano en que las cigarras parecían querer romper el cielo de tanto chirriar. Mi padre siempre decía que la vio bailar un ball pla (Baie típico rural, sencillo y ligero) y en ese instante supo que esa mujer sería el principio de su vida adulta. Ella se hacía la dura cuando lo explicaba —“No fue para tanto, nena”—, pero la sonrisa la delataba. Se casaron el año siguiente, en 1902, sin más lujo que un ramo de flores del campo y un pequeño banquete donde se sirvió vino joven y un guisado que mi mare preparó con una paciencia casi religiosa. A los cuatro años nació Pau, en el 1907. Yo vine al mundo un año después, en 1908, aunque mi madre siempre decía que, de espíritu, llegué antes que él. “Tú ya mirabas como adulta siendo apenas un suspiro”, repetía mientras me acomodaba el cabello tras la oreja. Pau se reía cada vez que lo recordábamos: decía que yo nací con prisa, como si temiera perderme algo del mundo. Luego vendría Teresa, en 1909, y más tarde, muchos años después, ya casi con la guerra resonando en los huesos, mis hijos Antonio y Clara. De mi niñez conservo escenas como si fueran retablos: Mi madre quitándome la tierra de las rodillas con un paño húmedo. Mi padre partiendo la leña al amanecer. Los tres hermanos corriendo por el campo, descalzos, sin miedo a los cardos ni al sol. Éramos pobres, sí; pero éramos un hogar. Recuerdo que las noches de invierno mi madre encendía la chimenea y hacía farinetes —unas gachas dulces— que nos calentaban hasta el alma. Mi padre contaba historias del abuelo, un hombre que hablaba poco pero que decía que la tierra tiene memoria, que escucha todo lo que se derrama sobre ella: el sudor, las lágrimas, la sangre. Quizá por eso, ahora, cuando miro el pozo del patio… siento que aún guarda las voces de todos ellos. Mi madre no era una mujer cariñosa en exceso, pero sabía mostrar el amor en detalles: un trozo de pan más tostado, un remiendo invisible en la ropa, un silencio que no exigía palabras. Era dura, porque la vida no le había dejado otra opción. Pero cuando yo me sentaba a su lado mientras cosía, a veces me acariciaba la mejilla sin que nadie más lo viera. “Mercedes —me decía—, tu fuerza te vendrá de aquí.” Y me tocaba el pecho, como si quisiera dejarme su valentía atravesada en la piel. Mi padre era el contrario: callado, reflexivo, lleno de paciencia. A veces se quedaba mirando la llanura, como si allí hubiera respuestas. A él le gustaba enseñar: nos mostró a leer, a sembrar, a distinguir las estrellas. Del trabajo duro no se libró jamás, pero nunca perdió la dignidad de quien sabe que, aunque el amo mande, la tierra reconoce a sus hijos. De pequeña no entendía del todo la pesadumbre que cargaban. Pero ahora que soy vieja —vella, però no trencada, vieja pero no rota— comprendo que mis padres eran la suma de dos épocas: la que se desvanecía y la que aún no había llegado. En aquella masía aprendí lo esencial: el valor del silencio, la importancia del deber, el sabor de la ternura escondida, la fuerza de lo que permanece. Aprendí, sobre todo, que la vida siempre nos llama dos veces: la primera para darnos un hogar, la segunda para llevarnos al destino que no imaginamos. Y a mí… el destino me llevó lejos de ellos, aunque su sombra jamás me ha dejado sola. A veces, todavía oigo a mi madre decir: —Endavant, Mercedes… endavant —adelante, Mercedes, adelante—. Y miro el pozo, y creo que el agua también lo susurra. El amanecer se filtra por las rendijas del postigo y dibuja líneas doradas sobre la colcha. Abro los ojos antes de que el gallo del vecino rompa el silencio. No sé si he dormido o si, como otras veces, simplemente he pasado la noche esperando que llegue el día. El aire huele a tierra húmeda; la lluvia de anoche dejó un frescor nuevo en el patio. Desde la cama oigo el goteo pausado que cae dentro del pozo —ese sonido antiguo que parece respirar—. Me levanto despacio, envuelta en la bata que guarda todavía el perfume del jabón casero. Al pasar junto al espejo, evito mirarme. Prefiero quedarme con el reflejo que guardo en la memoria: el de una mujer joven, con el cabello recogido y la mirada clara, cuando todo estaba aún por venir. En la cocina, el reloj de cuerda marca las seis y cuarto. Sobre la mesa hay una taza sin lavar de la noche anterior, un pañuelo doblado y una carta abierta. La miro un instante, pero no la toco. Ya sé lo que dice: las palabras se me quedaron grabadas en la piel, como una quemadura. Fuera, el pozo sigue murmurando. Abro la puerta y salgo al patio. La piedra está fría bajo mis pies. Me acerco despacio, como quien se acerca a un recuerdo que duele. Miro dentro, pero no me atrevo a inclinarme del todo. El agua, quieta, me espera. —Ya lo sé —le susurro—. No hace falta que me lo digas. El viento mueve apenas las hojas del limonero. En el fondo del pozo, algo parece responderme, un brillo leve que no es del sol. Cierro los ojos. Por un instante siento que todo, absolutamente todo —la casa, el aire, el pozo, mi vida entera— está suspendido en ese silencio. Y entonces me dejo estar. No espero nada, no temo nada. Solo escucho. A veces pienso que la vida es esto: aprender a escuchar lo que no se dice, lo que el agua guarda cuando nadie mira. He perdido cosas que ya no sé nombrar, y sin embargo, al recordarlas, siento que aún me pertenecen. El tiempo me las arrebató, sí, pero también me enseñó a no luchar contra su paso. Hay días —como hoy— en que no duele tanto, en que puedo rozar la piedra y sentir que el mundo sigue, aunque sea sin mí. El pozo me ha visto llorar y callar. Me ha devuelto mi propio rostro tantas veces que ya no sé si soy yo la que lo mira, o si es él quien me reconoce. Quizá eso sea envejecer: dejar que las cosas te miren con la misma compasión con la que tú aprendiste a mirarlas. Anoche volvió Antonio. Lo oí llegar tarde, con ese modo suyo de cerrar la puerta como si la casa le debiera algo. Traía el cansancio en la voz y el polvo en los zapatos, y sin embargo, cuando lo escuché toser en el pasillo, algo dentro de mí se acomodó. Su rudeza, su manera de gruñir por costumbre… son parte del aire de esta casa. Y yo —aunque no lo diga— me sentí feliz de oírlo otra vez bajo este techo. Pero no venía solo. Escuché una segunda respiración, más ligera, ese modo de cerrar la puerta que no pertenece a quien vive aquí, sino a quien entra con la duda en los dedos. Era Elena. No necesité verla para saberlo. Los dos hablaron bajo, como si la casa pudiera ofenderse. Yo, desde mi cuarto, sentí algo parecido a una verdad antigua: esa certeza callada de que, tarde o temprano, ellos volverían a encontrarse. No sé si por destino, por costumbre o por esa herida que nunca terminó de cerrarles. Y aunque me doliera un poco —un pellizco apenas— también me alegró. Las historias que no acaban del todo siempre buscan su manera de volver. Me dormí tarde, escuchando sus pasos conteniditos por el pasillo. Me sorprendió, incluso, un pensamiento tierno: qué bien les hará el aire de esta casa. Mañana llegarán los demás. Y entonces el patio se llenará de voces, de risas, de ese bullicio que asusta y reconforta al mismo tiempo. El pozo lo sabrá antes que nadie. Por eso esta calma de hoy me parece un regalo, una última tregua antes de que todo vuelva a moverse. El sol asoma por detrás de los tejados. Respiro hondo. El agua sigue ahí, fiel y paciente, como una verdad que no necesita ser dicha. Y mientras el día se abre, pienso que tal vez no todo está perdido, si aún puedo sentir que el aire me nombra.
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