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Prosa · Pensamientos

Origen - El Pozo

4 de junio de 2026
Al viento confío mi ser, invisible pero presente. En susurros, suspiros y más susurros, mi cuerpo y mi alma se desenvuelven. En su abrazo etéreo, mi esencia perdura, testigo mudo de mi existencia en cada brisa que acaricia el mundo. Estoy ahí, contigo, aunque no me veas. (C) #Javilobo Yo estaba aquí antes de tener boca. Era agua bajo tierra, una veta tímida. En 1916, cuando la familia levantó el brocal con piedra buena y cal, me dieron garganta. Desde entonces, guardo. A principios de siglo, antes de que me cavaran, se cruzaron Mateu y Roser. Fue en 1901, vendimias del Penedès: él venía con manos de sarmiento y hombros de mula; ella, con la paciencia aprendida entre hornos y rosarios. Se miraron como quien tantea la lluvia. En 1902 se casaron —enero frío, misa breve, pan compartido— y trazaron una casa con patio, alero y un rectángulo de sombra donde más tarde yo respiraría. En 1916 me abrieron. Recuerdo el primer balde: aquella agua olía a hierro y estreno. Roser dijo: “Aigua clara, que ens guardi.”-Agua clara que nos guarde- Y Mateu asintió con ese sí que se dice con los párpados. Los hijos El tiempo, entonces, caminaba a pie. En 1907 nació Pau, el mayor de mis hermanos, y con él llegó a la casa una claridad nueva. Su madre, solía decir que aquel niño había venido al mundo con los ojos abiertos, mirando como si ya supiera lo que le esperaba. Era inquieto, curioso, con una inteligencia que desbordaba la edad, y un sentido de la justicia que a veces lo hacía parecer un adulto en cuerpo de niño. Le gustaba subir a los árboles para ver “más lejos”, decía, y quedarse allí arriba observando el horizonte, como si el mundo le quedara pequeño. Yo lo recuerdo riendo, siempre un paso por delante, inventando juegos que eran más ideas que travesuras. A veces hablaba solo, o tal vez con algo que solo él veía. Con los años supe que aquella mirada suya —tan limpia y tan grave a la vez— no era de distracción, sino de quien ya anda buscando respuestas que no todos quieren oír. Desde su nacimiento, Pau fue así: un alma libre en un tiempo que no sabía qué hacer con las almas libres. En 1908 nació Mercedes. Primavera sobria. Lloró poco. Me miró pronto: una niña que escuchaba antes de entender. Los almendros florecieron temprano, y los pájaros hicieron nido en las grietas de las tejas. Fue una primavera limpia, de esas que anuncian el comienzo de algo que aún no sabe cómo va a ser recordado. Recuerdo al padre, Mateu, caminando afuera una y otra vez, con las manos llenas de barro y el alma en vilo. El viento traía su respiración hasta mí, y yo la guardé —porque todo lo que se pronuncia con amor termina cayendo en el fondo del agua. Cuando la niña lloró por primera vez, el sonido fue distinto a todos los llantos que había escuchado antes. No era un grito, era un resplandor. El aire se estremeció, y los perros del campo callaron, como si reconocieran una fuerza más antigua que ellos. El padre entró corriendo, y yo, desde el patio, sentí cómo la vida se derramaba por los poros de la casa. Le pusieron Mercedes, porque así lo había prometido Roser a la Virgen si todo salía bien. Pero yo sé que ese nombre no fue solo una promesa: fue una semilla. En aquella niña había algo más que inocencia; había voluntad. Desde el primer día supe que sería de las que no se quiebran. La escuché crecer, día tras día, entre risas y silencios. Cuando aprendió a caminar, venía hasta el brocal, se asomaba y me hablaba con la lengua torcida, intentando entender lo que no se ve. “¿Qué hay ahí dentro?”, preguntaba. Y aunque nunca respondí con palabras, creo que ella me entendía. Con los años, Mercedes fue la que más me miró sin miedo. Otros pasaban de largo o me evitaban, pero ella no. Se acercaba, me tocaba el borde y dejaba caer una piedrecilla, como quien saluda a un viejo amigo. Desde entonces supe que entre ella y yo había un pacto. Un hilo invisible que ni el tiempo ni la muerte podrían cortar. En 1909 nació Teresa. Ese año trajo un verano extraño, silencioso, como si el cielo contuviera la respiración. El trigo ya estaba segado, y los campos dormían bajo un calor que parecía no terminar nunca. Recuerdo el olor del aceite caliente, del pan recién hecho, y la fatiga de Roser, que volvía a encorvarse sobre la vida con ese gesto entre la resignación y el milagro. Cuando la niña nació, no lloró enseguida; abrió los ojos primero, y miró alrededor como quien busca un rostro que reconozca. Fue un llanto breve, casi avergonzado, como si pidiera perdón por llegar. Le llamaron Teresa, y desde su primer respiro la rodeó un silencio que no era solo del cuarto, sino suyo. Creció bajo la sombra de los mayores, observando más que participando. Había en ella una dulzura quieta, una forma de amar sin ruido que la hacía parecer mayor de lo que era. Yo la veía venir al patio con su muñeca de trapo, hablarle sin mover los labios, y luego mirar el agua como si esperara que algo respondiera. Tenía esa clase de tristeza que no nace del dolor, sino de la intuición: la de quien, sin saberlo, presiente que algún día cargará con lo que otros callan. En ella se gestaba la ternura y la culpa, entrelazadas desde el principio como dos raíces bajo la misma tierra. Yo vi crecer las tres estaciones de esa familia: el rumor de Mercedes, la piedra de Antonio, la luz de Elena. Los años del país Anoté, cubo a cubo, cómo cambiaba el aire. 1923–1930. La dictadura de Primo de Rivera endureció salarios y remiendos. La casa siguió en pie: se cosían medias y se contaban monedas, pero nunca faltó sopa. 1931. La República trajo voces nuevas, banderas al viento y discusiones a media tarde. Teresa, prudente: “Parleu fluixet, que les parets escolten.” - Hablad flojito, que las paredes escuchan 1936. Estalló la Guerra. Los calendarios se quemaron sin pedir permiso. Mateu aprendió a callar más; Roser a esperar sin reloj. Mercedes y Ramón Recuerdo aquel verano como si el sol aún reposara sobre mis piedras. No porque fuera el primero, sino porque fue el que llegó después de la espera. El año era 1936, y la casa olía a trigo, a pan recién hecho y a una esperanza cansada, de esas que no se anuncian, pero persisten. Mercedes tenía veintiocho años, y en su andar ya había más mujer que muchacha, aunque seguía mirando el mundo con la misma mezcla de prudencia y deseo que tienen quienes han amado sin poder quedarse. No era un verano alegre. El aire traía rumores, nombres que se decían en voz baja, miradas que se desviaban. Mercedes escuchaba más de lo que hablaba. Esperaba. Fue entonces cuando Ramón Vidal llegó desde Vilanova i la Geltrú. Ella aún miraba hacia otro nombre. Hacia otra voz. Hacia un tiempo que la guerra estaba a punto de arrancarle. No llegó como quien irrumpe, sino como quien se aproxima con respeto. Traía el porte de los hombres del mar, el gesto medido, la voz grave y una educación que olía a sal y a misa. Traía el polvo del camino en los zapatos y una calma que contrastaba con el temblor de aquellos días. Ramón la miró desde el primer momento como se mira algo que no se quiere forzar. Decía venir por negocios, pero yo lo vi detenerse junto al brocal, respirar hondo y quedarse quieto, como si escuchara lo que el agua le contaba. Ahí supe que ese hombre no pasaría de largo. Ramón se quedó. No preguntó. No exigió. Esperó. Con los años, supe que en esa unión había más destino que elección. Él trajo a la casa la disciplina, ella le dio la calma. Y yo, que guardo lo que los hombres callan, supe entonces que aquel no era un amor de verano, sino de los que crecen en la sombra, cuando todo lo demás se pierde. Ramón no se quedó aquel verano como se quedan los hombres que creen haber llegado a tiempo. Se quedó como quien entiende que el amor no siempre entra cuando llama, sino cuando se le permite esperar. Durante meses —quizá años, porque el tiempo entonces se volvió una materia confusa—, Mercedes lo mantuvo a una distancia justa. Ni lejos ni cerca. Él ayudaba en la casa, hablaba poco, miraba mucho. No preguntaba por ausencias que pesaban en el aire. No pronunciaba nombres que aún ardían. Yo vi cómo Mercedes se acercaba a veces al brocal, al caer la tarde, y se quedaba allí, inmóvil, como si escuchara algo que sólo ella podía oír. Ramón respetaba esos silencios. Y en ese respeto fue ganando un lugar. No fue una elección repentina. Fue una rendición lenta. Mercedes aceptó a Ramón cuando ya no quedaba a quién esperar, cuando la guerra había cerrado todas las puertas menos una: la de seguir viviendo. No lo hizo por olvido, sino por cansancio del dolor. Y Ramón, que lo supo desde el primer día, nunca le pidió más de lo que ella podía dar. El amor llegó después. No como incendio, sino como brasero. Y yo, que conozco la temperatura de los afectos verdaderos, supe que aquello duraría. Y aunque el tiempo, después, los fue separando de a poco, aquel encuentro —tan limpio, tan humano— aún vive aquí, bajo mis aguas, donde guardo lo que los hombres olvidan. El día de la boda amaneció claro, con un sol tan limpio que las sombras parecían recién lavadas. Las campanas del pueblo repicaron despacio, sin prisa, como si midieran la distancia entre la tierra y el cielo. Desde mi brocal vi llegar a los invitados, las mujeres con mantillas y abanicos, los hombres con trajes de domingo y zapatos que dolían más que la fe. Mercedes vestía de blanco, pero no del blanco de las vírgenes, sino de ese tono de luna que anuncia la madurez. Llevaba el cabello recogido y un ramo de flores del campo, las mismas que había plantado su madre junto al huerto. A su lado, Ramón parecía aún más alto que de costumbre, serio y contenido, con el rostro firme y los ojos brillando de una emoción que no se atrevía a mostrar del todo. Se miraron apenas unos segundos antes de entrar a la iglesia, y bastó para que yo comprendiera que ambos sabían lo que estaban haciendo: no se elegían por impulso, sino por destino. Él traía consigo el mar, ella traía la tierra, y el aire entre ambos se llenó de un respeto que olía a eternidad. El sacerdote habló de obediencia y sacrificio, pero el viento, travieso, levantó el velo de Mercedes justo cuando pronunciaron el “sí”. Entonces la luz se posó en su rostro y, por un instante, me pareció que el sol la bendecía directamente. Yo guardé ese destello en mis aguas, porque algunas luces no vuelven jamás. Al salir, Ramón tomó su mano —no con pasión, sino con promesa—, y ella sonrió, consciente de que ese hombre sería su refugio y también su prueba. Caminaron juntos hasta el patio, y allí, junto a mí, brindaron con vino joven y pan recién hecho. El eco de las risas se mezcló con las voces del campo, y la casa respiró vida por primera vez en mucho tiempo. Aquel día no llovió, pero el aire tenía humedad de presagio. Porque yo ya sabía —aunque ellos no— que incluso los amores más puros dejan una sombra sobre el agua. El invierno en que Antonio nació fue duro, año 1926, de esos que parten la tierra y obligan a los hombres a hablar solo lo necesario. La casa estaba fría, y aun así, cuando los dolores empezaron, Mercedes caminó despacio hasta su cuarto, como si llevara siglos preparándose para ese instante. Yo escuché su respiración quebrarse y rehacerse, escuché el paso firme de Ramón en el pasillo, y el murmullo de las vecinas que habían venido a ayudar. Cuando el niño lloró, fue un sonido profundo, lleno de fuerza. Un llanto que no pedía, sino que afirmaba. Lo envolvieron en mantas gruesas, y Roser —la madre de Mercedes— lo tomó en brazos con una solemnidad que parecía heredada de otras mujeres antes que ella. Lo llamaron Antonio, como el abuelo de su padre que había trabajado el mar hasta que las manos se le hicieron piedra. Yo lo vi desde mi brocal: pequeño, fuerte, decidido, con esa mirada inquieta que tendría toda la vida. Hasta la luz del patio pareció inclinarse hacia él, como si reconociera el peso de un destino que aún no conocía. Aquel día no hubo fiesta grande, pero la casa respiró un aire distinto. Un aire de continuidad, de futuro, de responsabilidad. Antonio llegó como llegan los troncos más rectos de un bosque: sin ruido, sin prisa, pero con la certeza de que un día sostendría todo aquello que otros no podrían. Clara, llegó más tarde. Pero antes, tocó sufrir. La guerra llegó sin tocar la puerta Yo no entiendo de bandos ni de banderas. Pero un día el aire cambió, y supe que algo terrible se acercaba. No fue con estruendo, no al principio: llegó con un silencio distinto, de esos que duelen en los huesos. Las voces en el patio se hicieron más bajas, las miradas más largas, y las manos, antes ocupadas en la siembra, empezaron a temblar. En la villa se hablaba de frentes, de milicianos, de patrias y de pecados, como si las palabras pudieran dividir lo que siempre había sido uno. Algunos se marcharon al norte, otros se escondieron, otros levantaron el brazo porque era la única forma de conservar la vida. El miedo era un huésped silencioso que se quedaba a dormir en todas las casas. Desde donde estoy, vi pasar columnas de hombres jóvenes, con el fusil en el hombro y la mirada ya envejecida. Algunos se detuvieron junto a mí a beber agua; otros arrojaron dentro sus medallas, sus cartas o sus culpas. El agua se llenó de ecos, de nombres, de plegarias sin respuesta. Yo escuchaba, sin poder hacer nada. El campo se volvió gris. Los olivos, cansados de ver tanto horror, parecían inclinarse por compasión. En las noches sin luna, las madres encendían velas tras las ventanas, y cada luz era una promesa: “Que vuelva”. En la villa, Mercedes callaba. Ramón hacía cuentas que no eran de dinero, sino de miedo y de prudencia. Antonio, con apenas un muchacho en el cuerpo y un hombre en los ojos, no entendía de política, solo de lealtades torcidas. Y mientras tanto, las campanas ya no tocaban a misa: tocaban a muerto. La guerra llegó sin tocar la puerta, pero entró en todas. Dividió familias, amistades, y hasta las almas. Y yo, desde el fondo, solo pude guardar sus secretos, porque en el agua no hay vencedores, solo reflejos que tiemblan cuando pasa el viento. La posguerra 1940–1945. El pan racionado, los inviernos con aliento de carbón. Aun así, hubo veranos de uva dulce, y Teresa cantó coplas en el patio como quien repara una grieta con música. Rafael, más lento, cuidó el huerto como si pedirle fruto a la tierra fuera una oración humilde. Cuando nadie miraba, me tocaba el brocal con los nudillos: “Aguanta, vell.” Y yo aguanté. Cuando nació Clara en 1954, Mercedes tenía cuarenta y seis años, contra toda lógica médica y contra todos los miedos que en aquella época pesaban sobre una mujer madura. Fue un nacimiento silencioso y luminoso, casi un acto de fe. Ramón lloró sin que nadie lo viera; Antonio, ya hombre, la miró con una mezcla de asombro y desconfianza, como si aquel pequeño milagro fuese una intrusa enviada para cambiarlo todo. Pero Mercedes… ella la tomó en brazos como quien recoge una brasa sagrada: sabía que ese llanto nuevo era un regalo tardío y, al mismo tiempo, una segunda oportunidad. Clara trajo una luz que la casa ya había olvidado; una alegría joven que reordenó silencios, renovó habitaciones y abrió ventanas. Para Mercedes fue renacer; para la familia, un temblor suave que anunciaba que el destino aún tenía algo que decir. No hubo milagros ruidosos. Hubo trabajo, ternura áspera y un país que empujaba hacia los bordes. Yo, el pozo, vi cómo cada nacimiento ensanchaba el patio. Vi cómo la familia se mantuvo, no por falta de dolor, sino por disciplina del cariño. Y ahora Todo lo que vendrá — el eco de pasos que se reconocen, la verdad que late bajo palabras prudentes— ya está aquí, en mi agua. La memoria no es pasado: es profundidad. Quien mire dentro verá. Lo verá todo a la vez, como lo veo yo. Así comienza. Aquí. donde el agua recuerda
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