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Prosa · Relatos

Buscando silencios

21 de abril de 2026
En algún rincón del mundo —allí donde el viento camina de puntillas— existe un lugar llamado Valle de los Ecos Perdidos. Nadie sabe exactamente dónde está. Quizá detrás de la última colina del sueño. Quizá justo cuando uno cierra los ojos. En ese valle ocurren cosas muy curiosas. Los ríos fluyen sin hacer ruido, como si el agua hubiera aprendido a susurrar. Las hojas de los árboles caen tan despacio que parecen plumas pensando dónde aterrizar. Y el aire… el aire guarda silencios como si fueran tesoros. Allí vive un pequeño erizo llamado Púas. Púas no era un erizo cualquiera. Sus espinas no servían para pinchar ni para defenderse. Servían para escuchar el silencio. Cuando levantaba un poco la nariz y el viento soplaba suavemente, sus espinitas se erizaban como pequeñas antenas. Entonces él decía, muy serio: —Mmm… aquí hay un silencio precioso. En su espalda llevaba siempre una mochila tejida con musgo. Dentro guardaba una colección muy especial: frasquitos de cristal donde atrapaba silencios raros y hermosos. Porque Púas tenía una misión importantísima: coleccionar los silencios más bonitos del mundo. No para quedárselos. Sino para regalarlos cuando alguien los necesitara. Una noche tranquila, su amiga Luz, una luciérnaga pequeñita que brillaba sin hacer ni el más mínimo zumbido, apareció flotando frente a él. —Púas —susurró con su luz titilante—. Creo que esta noche encontraremos un silencio nuevo. Púas ajustó su mochila. —Vamos. Caminaron colina arriba, guiados por la suave luz de Luz. Primero llegaron a un campo cubierto de nieve. Todo estaba blanco. Tan blanco que el mundo parecía recién pintado. Púas cerró los ojos. Las espinas vibraron suavemente. —Aquí está —dijo. Con muchísimo cuidado abrió un frasco diminuto. El silencio de la nieve entró despacio, como un soplo frío. Dentro del frasco se veía una bruma blanca que hacía tirititar el cristal. —Silencio de nieve recién caída —dijo Púas orgulloso. Lo guardó en la mochila. Siguieron caminando hasta una vieja biblioteca en el borde del valle. Dentro había búhos, ratoncitos y algún zorro leyendo. Nadie hablaba. Solo el sonido invisible de las páginas pasando. Púas levantó sus antenas. —Oh… este es uno de mis favoritos. El silencio de la biblioteca olía a papel antiguo y a imaginación. Cuando lo atrapó en su frasco, dentro aparecieron pequeñas motitas doradas, como letras flotando. Más tarde encontraron un gato naranja dormido al sol de la madrugada. Estaba acurrucado como una bolita de lana tibia. Púas acercó el frasco. Ese silencio era distinto. Cálido. Suave. Y dentro del frasco vibraba apenas, como si ronroneara. Luz sonrió. —Ese silencio da sueño. Por último caminaron hasta el lago tranquilo. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo. Púas se sumergió un poquito. Cuando volvió a salir, atrapó el silencio del agua profunda. Dentro del frasco brillaba un color azul verdoso, como un pequeño océano dormido. Ya de regreso al valle, Púas abrió su mochila. Había frascos de muchos tipos: silencio de nieve silencio de biblioteca silencio de gato silencio de lago Pero entre todos había uno muy especial. Un frasco pequeño, redondo, que brillaba suavemente. Luz lo miró. —¿Ese cuál es? Púas sonrió. —Es el más raro de todos. —¿Qué silencio guarda? Púas respondió muy bajito, como si no quisiera despertarlo: —El silencio de un abrazo sin palabras. Ese silencio no era frío ni azul. Era suave y cálido como una manta. Púas miró hacia el cielo nocturno. Sus espinas se movieron ligeramente. —Creo que alguien lo necesita ahora mismo. Abrió despacito el frasco. El silencio salió flotando. Cruzó montañas. Pasó sobre ríos dormidos. Atravesó ventanas y sueños. Hasta llegar a una habitación tranquila. Quizá la tuya. El silencio del abrazo se extendió por el aire, suave como una nube. Y Púas, desde el valle, susurró: —Ahora cierra los ojos. El silencio te rodea. La calma está aquí. Todo está bien. Y mientras la luciérnaga Luz ilumina el camino de los sueños… Púas ya está preparando otro frasquito. Por si mañana alguien vuelve a necesitar un silencio bonito para dormir. #(C)Javilobo
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