Prosa · Relatos
Ramón Sierra y Puig- El Pozo 1
4 de junio de 2026
Ramón Serra i Puig
(1904 – 1971)
Nació en Vilanova i la Geltrú, en el año 1904, cuando el aire del Garraf olía a sal y a
vino joven.
Su familia, de raíces catalanas firmes y tradiciones hondas, regentaba una pequeña
bodega y una tienda de tejidos frente al mar.
De su infancia recordaba el rumor de las barcas al amanecer y el sonido del tren que
partía hacia Barcelona, llevando consigo el eco de una vida más grande que la suya.
Creció en un entorno donde la palabra “honor” se pronunciaba con solemnidad y el
silencio se heredaba como una forma de respeto.
Su padre, Antoni Serra, era un hombre de pocas sonrisas, convencido de que el
orden era la única virtud posible.
“En esta vida, Ramonet —le decía—, més val callar i obeir que cridar i perdre.” - más
vale callar y obedecer que gritar y perder -
Y Ramón aprendió a callar.
Aprendió también a caminar erguido, a mirar de frente sin desafiar, a medir cada
gesto como si fuera una confesión.
Estudió contabilidad en Barcelona, aunque lo que más le interesaba era el mar.
Sin embargo, la vida lo empujó hacia la tierra firme del deber.
A mediados de los años veinte comenzó a trabajar en una empresa de suministros
agrícolas, y fue ese oficio el que años más tarde lo llevó al Baix Empordà, donde el
aire era más agreste y el paisaje más hondo, como si el mar se hubiera retirado
dejando tras de sí una verdad más amarga.
Cuando estalló la Guerra Civil, Ramón se alineó con el bando franquista, no por
ideología, sino por instinto de supervivencia.
Veía en el caos la ruina de todo lo que conocía: la familia, el trabajo, la paz.
Nunca gritó un “¡Viva Franco!” con fervor, pero lo dijo cuando había que decirlo.
El miedo era su brújula y la prudencia su salvación.
Terminada la guerra, se instaló definitivamente en una pequeña villa del Empordà,
donde encontró empleo en la administración local.
El nuevo régimen lo consideraba “de confianza”.
Era meticuloso, correcto, católico practicante y —sobre todo— silencioso.
Esa fue su verdadera profesión: el silencio.
Vivía bajo el lema no escrito de toda una generación: “Que ningú no et miri massa.”-
Que nadie te mire demasiado -
Fue allí, en 1925, donde conoció a Mercedes.
Ella, asistía a misa con el mismo recogimiento con que se resiste a la vida.
Ramón la observó durante semanas sin atreverse a hablarle.
Le atraía su porte, su voz serena, esa belleza digna que parecía no necesitar
testigos.
Cuando al fin se presentó, lo hizo con la formalidad de quien pide permiso para
existir.
—Doña Mercedes, soy Serra, el nuevo del Ayuntamiento. Si necesita algo, estaré a
su disposición.
Ella lo miró, con esa mirada suya que nunca prometía nada, y asintió apenas.
Meses después, él le pidió matrimonio.
Mercedes aceptó sin entusiasmo, con la resignación de quien busca abrigo, no
pasión.
Y Ramón, sin saberlo, se convirtió en el guardián de un amor que no era suyo.
Durante años compartieron un hogar donde la rutina sustituyó a la ternura.
Él cuidaba cada gesto, cada palabra, temiendo que cualquier descuido revelara lo
que no debía saberse:
que su mujer, pese a su fidelidad aparente, seguía perteneciendo a un recuerdo, a un
hombre que yacía en alguna fosa anónima.
Ramón lo sabía.
Nunca lo dijo.
Pero cada noche, al verla escribir en su cuaderno, sentía que la distancia entre
ambos era tan grande como el país entero.
A veces, encontraba trozos de papeles con frases que lo herían más que un
desprecio:
“Hay silencios que duelen más que el olvido.”
“El amor no muere, solo cambia de dueño.”
Nunca le preguntó por ellos.
Solo los guardaba entre los libros del misal, como si quisiera mantenerlos a salvo del
polvo o del juicio de Dios.
En público, Ramón era un hombre ejemplar: devoto, respetado, impecable.
Asistía al rosario, participaba en las festividades locales, aportaba discretamente al
arreglo de la iglesia.
Pero dentro de él crecía una grieta invisible: la del que vive reprimiendo lo que siente
y teme mostrarse débil.
Su fe, más que devoción, era refugio.
Sus rezos, más que plegarias, eran negociaciones con la culpa.
Nunca faltó a su deber, pero tampoco conoció la paz.
Vivía pendiente del qué dirán, de la mirada del párroco, del rumor del vecino.
Sabía que en la nueva España el mayor pecado era parecer diferente.
Por eso se volvió más severo, más metódico, más “correcto” de lo necesario.
Con los años, su cuerpo empezó a pagar el precio del silencio.
Una dolencia en el corazón lo fue debilitando sin aviso.
Dicen que en sus últimos meses apenas salía de casa, que pasaba horas sentado
frente al pozo, observando el reflejo del cielo sobre el agua.
Algunos lo veían murmurar, otros decían que rezaba.
Solo Mercedes, que lo conocía demasiado, supo que en realidad hablaba con su
propio fantasma.
Una tarde de otoño de 1971, mientras el sol se ocultaba tras los cipreses, Ramón
murió en su silla, con la mirada fija en el pozo.
Antonio, lo encontró y corrió a buscar ayuda.
Antes de perder el último aliento, Ramón le había susurrado con voz apenas audible:
“Cuida el agua, hijo. Lo que guardan los pozos no son solo reflejos.”
Mercedes no lloró al principio.
Solo cerró los ojos y apoyó la mano sobre su pecho, como quien despide un deber
cumplido.
Luego, en la soledad de la noche, encendió una vela y rezó, no por su alma, sino por
el descanso de su propia conciencia.
En su lápida, ella mandó grabar una frase breve y justa:
“Hizo lo que pudo, aunque no siempre fue lo que quiso.”
Y quizá, por primera vez, ambos descansaron.