Prosa · Pensamientos
Memorias desde la tierra del fuego- El Pozo
4 de junio de 2026
"La verdad no se entierra: solo espera a ser oída." —A.V.
Memorias desde la tierra y el fuego
Yo, Andreu, nací un 7 de febrero de 1907, en Vilamacolum, un pequeño pueblo del Empordà, entre campos de trigo y viento de tramontana. Mi madre se llamaba Rosa Esteve, campesina de manos ásperas y alma de lirio. Mi padre, Don Joaquim Sans i Valls, era propietario de viñas y olivos, hombre de dinero y palabra medida. De su unión —tan improbable como clandestina— nací yo: mitad tierra, mitad herencia.
Nunca fui bastardo ante los ojos de mi madre. Pero del pueblo, sí. Y también la ley.
Desde niño supe leer antes que hablar bien. Mi madre me enseñó las primeras letras en el reverso de las bolsas de harina. Luego, mi padre me consiguió una plaza en el colegio de Figueres. Allí descubrí que las palabras eran un refugio. Y también una trinchera.
A los catorce años leía a Giner de los Ríos, a Machado, a Unamuno. Me fascinaba la idea de que el pensamiento pudiera cambiar las cosas. A los dieciséis escribía versos. A los dieciocho, artículos sobre educación popular en un periódico local llamado El Empordanès.
Quise ser maestro, y lo fui. En 1925, entré en la Escuela Normal de Girona, donde los jóvenes soñábamos con una España culta, libre y justa. Recuerdo a mi profesor de pedagogía, Don Ferrer i Lluch, que solía decir: 'El maestro no enseña, enciende.' Yo encendí lo que pude.
Cuando en 1931 se proclamó la Segunda República, yo tenía veinticuatro años. Nunca olvidaré aquella mañana del 14 de abril: la bandera tricolor ondeando sobre el ayuntamiento, la gente llorando, abrazándose. Yo también lloré. Era el país que soñábamos los jóvenes: educación, igualdad, futuro.
Ese mismo año me destinaron al pueblo donde conocí a Mercedes. Ella tenía veintitrés años. Yo veinticuatro. Supe que era distinta desde la primera vez que la vi pasar por la plaza, con aquel pañuelo blanco y la mirada seria, altiva, contenida. No hablábamos de amor, hablábamos de libros, de ideas, de justicia. Y sin embargo, el amor estaba ahí, latiendo bajo cada palabra.
De día enseñaba a los hijos de los jornaleros a leer. De noche escribía poemas para ella: versos que nunca leímos en voz alta.
En 1933, el aire empezó a tensarse. Las derechas volvían al poder, y la palabra 'educador' empezó a sonar peligrosa. Los curas murmuraban mi nombre desde el púlpito. Los caciques me acusaban de 'enseñar a pensar a los pobres'. Pero yo seguía. Nada podía apartarme de esa fe en la luz.
Recuerdo bien los días del octubre de 1934, cuando la Generalitat fue suspendida y Companys encarcelado. Yo estuve entre los que repartieron panfletos por la noche. No era político, pero sentía que la justicia tenía cuerpo y hambre.
Y luego vino 1936. El 17 de julio, el golpe militar. Las campanas repicando, los fusiles asomando en las esquinas. Y los maestros, los poetas, los que leíamos demasiado, fuimos los primeros en ser señalados.
Me uní a las milicias republicanas del Ejército del Este, en Aragón. No por odio, sino por convicción. No creía en las armas, pero sí en el deber de no callar. Dejé a Mercedes en la villa. Ella me abrazó con los ojos. No lloró. Yo tampoco. Sabíamos que aquel adiós podía ser el último.
Durante los tres años de guerra, escribí cuadernos: diarios, poemas, reflexiones. A veces, entre el humo y el barro, los soldados me pedían que les leyera algo. Lo hacía, y por un rato el miedo se volvía humano. Una noche de invierno, 1938, en el frente de Teruel, coincidí con Antonio Machado. Era un encuentro breve, casi irreal. Lo escoltaban unos milicianos hacia Valencia. Yo le ofrecí mi manta y un cigarrillo. Él me dio una mirada tan triste que aún me acompaña. 'Joven —me dijo—, no olvides escribir lo que veas. Alguien deberá contarlo cuando nosotros ya no estemos.' No lo olvidé.
En marzo de 1939, los frentes se desmoronaron. Muchos cruzaron la frontera hacia Francia. Yo no. Decidí volver a mi tierra. A Mercedes. A mi origen.
Volví de noche, disfrazado de campesino. La guerra había terminado, pero el miedo empezaba. Vi a gente colgada en los árboles, vi casas marcadas con pintura, vi el silencio impuesto por la victoria.
También supe del odio y de la ceguera de aquellos que me prendieron preso, aunque nunca supe cómo llegó ese momento.
En la prisión de Girona el tiempo no pasaba: se estancaba, como el aire sin ventanas. A veces oía los pasos de los guardianes. Uno de ellos, un muchacho de rostro aún adolescente, me ofrecía pan de contrabando y me hablaba de su madre. Tenía los ojos claros y un miedo que no sabía esconder.
Se llamaba Vicente, y fue él quien me dijo que el capellán de la prisión quería hablar conmigo. Acepté. No por fe —la mía había quedado herida desde hacía tiempo— sino por gratitud. El sacerdote se llamaba Don Julià Ferrer. Lo conocí años atrás, cuando yo enseñaba en Figueres. Era un hombre de palabra suave y mirada honesta, uno de esos curas que leían a San Francisco y citaban a Antonio Machado a escondidas. Nos unía la educación, no la doctrina. Cuando entró en mi celda, nos reconocimos sin hablar.
—Andreu —dijo en voz baja—, no vengo a absolver, vengo a escuchar.
Nos sentamos sobre el suelo frío. Él se quitó la cruz del cuello y la dejó en el suelo, como si el peso le doliera. Durante un rato hablamos de los alumnos, de los libros, del aire del Empordà. Le conté que aún recordaba los nombres de todos mis niños. Me sonrió.
—Has hecho más por ellos que muchos santos —susurró. Y luego, más serio: —Mañana... será tu turno.
Asentí. Lo sabía. Pero no sentí miedo. Solo un cansancio infinito, una nostalgia dulce.
Entonces saqué de entre mis ropas el pequeño cuaderno que había escrito durante la guerra, y otro más delgado, el que había empezado en prisión. Se los tendí.
—Julià, esto no debe morir conmigo. Hay verdades que no son políticas, son humanas. Guárdalo.
—¿Y a quién debo dárselo?
—A Mercedes. Si aún vive, sabrá qué hacer.
El cura bajó la mirada. —Pueden registrarme, Andreu. Si lo encuentran…
—Entonces entrégaselo al chico —dije, señalando a Vicente, el soldado que lloraba cuando nadie lo miraba—. Él sabrá cómo llegar.
Ambos asintieron. Nos despedimos sin rezos. Solo con silencio. El silencio más digno que he conocido.
Esa noche escribí mis últimas líneas. No sabía si verían la luz. Pero me consolaba pensar que alguien, algún día, podría leerlas y entender que no luché por una bandera, sino por la posibilidad de que un niño aprendiera a leer sin miedo.
El amanecer llegó sin aviso. Nos hicieron formar junto al muro del campo de tiro de Sant Daniel. Éramos nueve. El aire olía a hierro y a romero.
Entre los soldados reconocí al muchacho. Lloraba en silencio. Cuando me ataron las manos, me miró. No aparté la vista. Le dije:
—No temas, hijo. Dispara como si abrieras un libro.
Cerré los ojos. El disparo no dolió. Solo hubo un relámpago blanco, una música leve.
Después, nada. Solo agua. Y un rumor que aún, quizás, me llama por mi nombre.